De guarros, salas de máquinas y bayetas legendarias…

A lo largo de tu vida te encuentras con gente guarra, pero también con gente que hace que este término se quedo muy corto. En mi caso, son muchos los ejemplos de personas poco higiénicas que he conocido, pero no todas tenían un negocio. Y es que el salón recreativo de Mr. Pig y su forma de proceder dejaron, muy a mi pesar, momentos inolvidables en mi retina…

Buena parte de mi infancia la pasé entre máquinas recreativas, futbolines y billares. Era la época en la que las videoconsolas no estaban tan extendidas e Internet no existía para el ciudadano de a pie. Por tal motivo, la sala recreativa de Mr. Pig era el punto de encuentro para jóvenes de todas la edades.

20 duros...Allí, con 100 pesetas (esto es, 60 céntimos) echabas toda la tarde. A 25 pesestas (15 céntimos) la partida, y a cinco pesetas (tres céntimos) la chuchería, el dinero cundía más que ahora. ¿El lado negativo? Podías ser testigo directo de escenas que traumatizarían a un forense.

Para empezar, y como parece obvio, la higienización de la sala no era la más adecuada. De hecho, al cubo con agua que usaba el dueño para fregar el local, le calculamos una rotación anual del contenido, a pesar de que al tercer día el agua estuviera negra. Por su parte, la fregona podía tener más años que muchos de los que allí acudíamos. Con estas referencias, es fácil imaginar el estado del suelo. Si estabas más de 10 minutos jugando a una máquina, corrías el riesgo de quedar pegado para siempre. Esta práctica ahora se llama Marketing agresivo. O pierdes la partida, o pierdes tu vida…

Otro elemento sospechoso en el local eran las chucherías. Por un extraño motivo, Mr. Pig no usaba los botes nuevos de golosinas, sino que echaba las nuevas en los botes antiguos, en muchos de los cuales no se podía ni ver el contenido. Como medida preventiva, sólo pedíamos ‘los chuches‘ que venían envueltos, esto es, chicles, piruletas, palotes… dejando fresas, troncos o nubes en el más absoluto ostracismo, muy a nuestro pesar. Una decisión que se vio refrendada el día en que al proveedor se le cayó una caja de huesos al infecto suelo del local…

Proveedor: ‘Amos no me jodas… ahora te traigo otra caja nueva…’
Mr. Pig: ‘No te preocupes… me haces precio con ésa y me la quedo…’
Testigos oculares del incidente: (Póker face)…

Haber comido uno de esos huesos, hubiera convertido en zombie a cualquier persona. Por suerte, el Whatsapp de la época, esto es, el boca a boca, funcionaba a la perfección, y la remesa de huesos se quedó en su bote correspondiente durante años.

Si has podido hacerte una idea del estado del suelo del local, ni intentes imaginar cómo estaban los baños. Si mal no recuerdo, no entré a ellos en mi vida, eso sí, los olía bastante a menudo, incluso en la otra punta del establecimiento. Así las cosas, la opción de ir al baño estaba completamente descartada para la mayoría. Los bares aledaños o las casas cercanas de amigos y familiares eran las alternativas.

No obstante, los aseos de este salón recreativo fueron protagonistas de la revelación más dura que he tenido de Mr. Pig. No era guarro sólo con el local, era un cerdo en general, en la vida, por vocación

Tras no sé cuántos años sin tocar los aseos, un día cualquiera decidió, no limpiarlos, pero sí pasar su ‘bayeta de la suerte‘, ésa que un día fue amarilla. Tras limpiar el inodoro de aquella manera, y enfrascado en el lavabo, apareció por la puerta el nieto de Mr. Pig. Un pequeñajo, de unos dos años, con el palo de un helado de chocolate en la mano. Un helado que, para ser específico, estaba repartido entre su cara, su mano y su camiseta. Alarmado por el aspecto del su nieto, Mr. Pig no dudó en llamarle y pedirle que se acercara

…la respuesta es sí. La ‘bayeta de la suerte’, que seguro tenía más años que el nieto, tras cientos de aventuras en el local y un reciente viaje por el inodoro y el lavabo, fue a parar a la cara y la boca del nieto de Mr. Pig.

Desconozco si el joven, cuyo don de la oportunidad es digno de admirar, sufrió secuelas físicas en su sentido del gusto o si conserva todos sus dientes. La suerte que tuvo es que este incidente le pilló demasiado joven como para recordarlo. De no ser así, dudo que pudiera pasar por la sección de hogar de Mercadona, sin sufrir una crisis nerviosa…

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Autor: Jesús Redondo Consuegra
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12 pensamientos en “De guarros, salas de máquinas y bayetas legendarias…

  1. Muchas cosas las cambiaba ahora mismo ,por volver un instante a alguno se esos momentos.No eramos angelitos para esa época, en que ponerse una triste calcamonia era casi un acto de total y absoluta rebeldía, intentábamos,como se dice por allí, sisar alguna chuche de vez en cuando, darnos creditos ilimitados con ese artefacto sacado de los mecheros electricos que producia leves descargas (como molaba darle el chispazo a la peña jeje) y cositas del estilo. Que decir del billar eh? menudos momentazos, jeje. Y un tema importantiiisimo que no nombras en tu articulo, la tremendisima calidad del aspecto musical, esa cinta que reproducía una y otra vez la misma música, cuantas veces escuchaste el estreno de la canción Zombie? .1000, 1200?. Pues eso que MOMENTAZOS IRREPETIBLES.

  2. Qué grande! Veo que te has puesto sentimental, eh? Hombre, no se pueden recuperar esos años, pero todavía podemos pasarlo bien, así que cuando quieras, no tienes más que llamar!

    En cuanto a la canción zombie, no me he referido a ella directamente, pero sí he colado el término zombie de soslayo, para ver si estabas atento, jajaja!

    Hemos vivido grandes momentos en ese local y, por suerte, seguimos vivos para contarlo! Somos una generación de supervivientes!!!

    Un abrazo Paco

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