Aventuras en la gran ciudad…

Supongo que le pasará a mucha gente, aquello de asociar sitios concretos a experiencias puntuales de nuestra vida. Ese callejón del primer beso; aquel local de la primera borrachera; o aquella playa donde perdiste el bañador por una ola…

Pues bien, esta mañana, y después de mucho tiempo, he vuelto a pasear por una zona por la que, desde hace más de 12 años, cada vez que paso me siento como Paco Martínez Soria cuando visitaba Madrid en sus películas: La Puerta del Sol.

La historia se remonta al lunes, 28 de junio de 1999. Yo era un joven toledano de provincias, que cuando visitaba Madrid era para ver a su familia, Cortylandia o el Bernabéu, en dos ocasiones. Pero ese año, y tras terminar el Instituto en Toledo, iba a empezar la carrera de Psicología en la Complutense (sí, hice dos cursos de Psicología…).

Obviamente, antes de mudarme de forma definitiva a la capital, quería explorar la ciudad, dentro de mis limitadas posibilidades. Así que, como ya conocía la zona (de ir a Cortylandia), decidí que mi primera parada sería la Puerta del Sol y sus alrededores.

Grandes edificios, gente de todas las nacionalidades, miles de tiendas… todo eso era nuevo para mí, que había pasado mi vida entre Toledo (bastante distinto en 1999 del actual) y Camuñas (bastante similar en 1999 del actual).

Llevan en la Puerta del Sol más tiempo que el reloj...No obstante, y a pesar de que mi cara debía ser un poema, a los dos minutos me percaté de que nadie me hacía el más mínimo caso. Daba igual de donde fueras, a qué te dedicaras o si eras nuevo. El lema de los viandantes parecía ser: en Madrid todo el mundo va a lo suyo, menos yo que voy a lo mío.

Un sensación que me ayudó a sentirme integrado, por momentos, en aquella gran urbe que sería mi morada durante los siguientes ocho años. Una integración que tardó un suspiro en desvanecerse. ¿El motivo? Un joven apuesto, musculado y vestido únicamente con un tanga, que subía toda la calle Preciados, dirección Callao.

Por alguna extraña razón (no creo que sea una homosexualidad latente, porque tras 30 años sigue bien escondida), desde que reparé en él, no pude dejar de mirarle y pensar: “Este tío… ¿de dónde ha salido?”. Una cuestión que tuve que pluralizar, porque al poco tiempo los jóvenes apuestos, musculados y semidesnudos se habían multiplicado.

Como ya habréis deducido, ese lunes se celebraba el Día del Orgullo Gay, algo impensable en el Toledo de 1999 y, por tanto, completamente desconocido para mí. Es decir, mi integración inicial en Madrid, duró exactamente lo que tarda un tío casi en pelotas en cruzarse la calle Preciados.

Por suerte, o por desgracia, los siguientes ocho años en Madrid me ayudaron a abrir mi mente y mi espíritu, y a forjar mi actual personalidad. Eso sí, mi momento Paco Martínez Soria el Día del Orgullo Gay de 1999, será un recuerdo que me perseguirá cada vez que se me ocurra pasar por el centro de Madrid… y a mucha honra.

Tal y como ha ido el post, lo lógico sería tirar de repertorio gay para mi propuesta musical pero, por un lado, me parece demasiado tópico y, por otro, llevo toda la tarde enganchado con una canción que me encanta, porque me recuerda mucho a Garbage, uno de mis grupos favoritos…

Autor: Jesús Redondo Consuegra

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